LOS LÍDERES DE LA POLÍTICA

Opinión

Gobernar no es dividir

Mientras Donald Trump eleva la presión sobre México, la polarización interna amenaza con debilitar la capacidad de respuesta del país. El llamado es a construir acuerdos y dejar atrás la lógica permanente de confrontación.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum y Donald Trump, retos en la relación bilateral

Foto: Redes

Hannia Novell

Hannia Novell

Publicada: jun 06 a las 10:46, 2026

En los momentos de estabilidad, la polarización puede ofrecer réditos políticos, consolidar bases electorales, movilizar simpatizantes y simplificar debates complejos en una lógica de buenos y malos. Pero cuando un país enfrenta amenazas externas, incertidumbre económica y presiones geopolíticas, la división deja de ser una herramienta eficaz y se convierte en un riesgo. México se encuentra precisamente en uno de esos momentos.

La relación con Estados Unidos atraviesa una etapa delicada. Donald Trump ha convertido a México en uno de los ejes de su discurso político. Lo hace cuando habla de migración, de narcotráfico, de comercio y de seguridad fronteriza. Con frecuencia, sus declaraciones presentan a nuestro país como origen de problemas que en realidad tienen causas compartidas. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el hecho es que México enfrenta una presión constante desde el exterior.

Donald Trump

Foto: Wikimedia Commons

Frente a ese escenario, sorprende que la presidenta Claudia Sheinbaum mantenga una estrategia de confrontación interna que prolonga la lógica política de los últimos años. En lugar de aprovechar su posición para construir puentes con sectores que piensan distinto, el discurso gubernamental sigue recurriendo a la descalificación de partidos opositores, críticos y voces independientes. El mensaje implícito es que la disputa política nacional sigue siendo la prioridad, incluso cuando el entorno internacional exige cohesión.

Mientras desde Washington se articulan presiones que pueden afectar intereses económicos, comerciales y diplomáticos de México, en Palacio Nacional insisten en ver a los adversarios internos como una amenaza central. Es una lectura equivocada del momento histórico.

Ninguna democracia madura enfrenta desafíos externos debilitando deliberadamente sus consensos internos. Por el contrario, los países que atraviesan coyunturas complejas suelen ampliar espacios de diálogo y construir acuerdos mínimos entre fuerzas políticas. No porque desaparezcan las diferencias, sino porque entienden que existen asuntos superiores a la competencia partidista.

Si la soberanía, la economía o la estabilidad nacional están en juego, es indispensable que gobiernos y oposiciones encuentren formas de cerrar filas. No se trata de alcanzar una uniformidad ideológica. Se trata de actuar con sentido de Estado.

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene hoy una oportunidad que pocos mandatarios reciben. Ganó la elección con una legitimidad amplia y cuenta con niveles importantes de respaldo ciudadano. Precisamente por eso podría darse el lujo político de convocar a la reconciliación nacional sin que ello implique renunciar a sus convicciones. La fortaleza de un liderazgo no se mide por la capacidad de acumular adversarios, sino por la capacidad de construir mayorías duraderas.

Claudia Sheinbaum

Foto: Cuartoscuro

La realidad es que Donald Trump no distingue entre militantes de Morena, del PAN, del PRI o de Movimiento Ciudadano cuando cuestiona a México. Las amenazas arancelarias, las presiones migratorias o las acusaciones relacionadas con la seguridad afectan a todo el país. Por eso resulta tan importante construir una posición nacional sólida, respaldada por distintos sectores políticos y sociales.

La Presidenta aún está a tiempo de corregir el rumbo. Puede seguir alimentando una dinámica donde cada crítica se interpreta como un ataque y cada discrepancia como una traición. O puede asumir el papel que exige la investidura presidencial: convocar, conciliar y construir. No todo el que piensa diferente es el enemigo.